domingo, 20 de enero de 2013

ATERCIOPELADO Y VIOLETA


 

                                         ATERCIOPELADO Y VIOLETA 

       


Gracias a una vieja manía adquirida en París, Leo recogía cuanto mueble  encontraba tirado en la calle. Llegaba a la casa cargado de sillas, lámparas, mesas  que siempre iban  a parar al cuarto de los chécheres.

En ese entonces la ciudad estaba completamente llena de humo, la sequía se prolongaba aún más de lo esperado por los meteorólogos, y ese humillo que nos envolvía se había vuelto un compañero de respiración.

Para aquella época, Martina regresaba  más temprano que de costumbre, los horarios de trabajo habían cambiado en la capital por causa del cambio climático. Ya  no llovía y los embalses estaban vacíos. Llegar a su casa más temprano le había hecho darse cuenta lo profundamente aburrido que podía resultar su hogar y el tedio que le producían su marido y su hijo, pero lo peor era la ciudad, increíblemente más aburrida que el resto.

Fue así como una tarde, decidió remodelar la casa,  para ello precisaba uno que otro objeto del cuarto de los chécheres. Entonces se buscó un par de guantes y una máscara de esas que había comprado para protegerse de la gripe, la H1N1 (que por suerte nunca llegó a su casa).  Entró  al cuarto pese a las advertencias de su marido. El cuarto estaba completamente atiborrado, repleto de cosas que dificultaban el desplazamiento, pero ella, Martina, testaruda como era, no dio ni un paso atrás. En su cabeza estaba clarísimo lo que necesitaba: una mesa de rincón cuadrada y pequeña donde poner un jarrón chino,  un sofá para su habitación, unas cuantas repisas para la biblioteca, y si tenía suerte, un perchero para la entrada.

El primer día, logró sacar la mesa cuadrada, y junto a la mesa, consiguió una silla de la que Martina, se enamoró al instante, es más, se extrañó muchísimo de que estuviese allí  y ella no lo recordara. La tarea ahora era restaurarla. La silla estaba forrada de terciopelo vino tinto, al verla, Martina  se la imaginó tapizada en violeta, y de inmediato pensó también que debía  envejecer la madera, técnica que suponía manejar a la perfección, sólo porque había envejecido dos cajitas de madera balsa.

De vuelta del trabajo, Martina se dedicaba en cuerpo y alma a su nueva tarea, olvidando el aburrimiento y el humo de la ciudad. El problema era que a la silla no le interesaba en lo absoluto reposar en el cuarto de este pesado matrimonio, y menos le interesaba ser el depósito de la ropa usada. Martina, tozuda como era, no se percataba de ello. Se empeñaba en lijar la madera, y mientras más lijaba, más la silla reducía su tamaño. Alguna  vez, Leo pasó a su lado y le advirtió que iba a terminar por dañarla. Martina no lo escuchó.

Al cabo de unos días, y en vista de que no obtenía los resultados deseados,  decidió dejar la madera como estaba, a esas alturas, la silla había alcanzado un nivel a ras del piso. Entonces se dispuso a cambiar la tapicería. Compró tres metros de terciopelo violeta y unos remaches dorados espantosos.

Pasó dos días intentando quitar el viejo forro vino tinto, sin conseguirlo. Furiosa buscó unas tijeras para romper la tapicería. Leo y su hijo  la vieron pasar con las tijeras en la mano. Curiosos caminaron detrás de ella. Martina estaba como enajenada, ni siquiera se percató de que la seguían. Una vez frente a la silla, clavó con todas sus fuerzas las tijeras. La tapicería se resistió lo que más pudo, sin embargo, ella destrozó, deshilachó cada trozo de tela que se interpuso en su remodelación. Leo y el hijo, miraron estupefactos la dantesca escena. 

Ella se dispuso a colocar el próximo tapiz. De nuevo la ciudad estaba llena de humo que ahora entraba por la ventana nublando el cuarto trasero donde se encontraba Martina, y a pesar de los estornudos de ambos, de padre e hijo, ella ni se inmutó, continuó con su tarea. Forzó el terciopelo violeta sobre el mueble y logró clavar los espantosos remaches dorados. De pronto, los remaches comenzaron a saltar, a brincar como fuegos artificiales, y de un solo golpe fueron a parar a la cara de Martina destrozándole el rostro. En medio del humo de la ciudad, Leo y el hijo, intentaron interponerse entre los remaches y Martina, sin lograrlo.

Ahora Martina reposa sobre sus antiguos muebles; nada ha cambiado en su hogar,  a excepción  de su rostro. En lo que concierne al aburrimiento, es peor,   por los momentos, se encuentra de reposo médico, y el humo no ha dejado de invadir la ciudad.

 

Del libro inédito. Fin del vacío.