ATERCIOPELADO Y VIOLETA
Gracias
a una vieja manía adquirida en París, Leo recogía cuanto mueble encontraba tirado en la calle. Llegaba a la
casa cargado de sillas, lámparas, mesas
que siempre iban a parar al
cuarto de los chécheres.
En
ese entonces la ciudad estaba completamente llena de humo, la sequía se
prolongaba aún más de lo esperado por los meteorólogos, y ese humillo que nos
envolvía se había vuelto un compañero de respiración.
Para
aquella época, Martina regresaba más
temprano que de costumbre, los horarios de trabajo habían cambiado en la
capital por causa del cambio climático. Ya
no llovía y los embalses estaban vacíos. Llegar a su casa más temprano
le había hecho darse cuenta lo profundamente aburrido que podía resultar su
hogar y el tedio que le producían su marido y su hijo, pero lo peor era la
ciudad, increíblemente más aburrida que el resto.
Fue
así como una tarde, decidió remodelar la casa,
para ello precisaba uno que otro objeto del cuarto de los chécheres.
Entonces se buscó un par de guantes y una máscara de esas que había comprado
para protegerse de la gripe, la H1N1 (que por suerte nunca llegó a su casa). Entró
al cuarto pese a las advertencias de su marido. El cuarto estaba
completamente atiborrado, repleto de cosas que dificultaban el desplazamiento,
pero ella, Martina, testaruda como era, no dio ni un paso atrás. En su cabeza
estaba clarísimo lo que necesitaba: una mesa de rincón cuadrada y pequeña donde
poner un jarrón chino, un sofá para su
habitación, unas cuantas repisas para la biblioteca, y si tenía suerte, un
perchero para la entrada.
El
primer día, logró sacar la mesa cuadrada, y junto a la mesa, consiguió una
silla de la que Martina, se enamoró al instante, es más, se extrañó muchísimo
de que estuviese allí y ella no lo
recordara. La tarea ahora era restaurarla. La silla estaba forrada de
terciopelo vino tinto, al verla, Martina se la imaginó tapizada en violeta, y de
inmediato pensó también que debía envejecer la madera, técnica que suponía
manejar a la perfección, sólo porque había envejecido dos cajitas de madera
balsa.
De
vuelta del trabajo, Martina se dedicaba en cuerpo y alma a su nueva tarea,
olvidando el aburrimiento y el humo de la ciudad. El problema era que a la
silla no le interesaba en lo absoluto reposar en el cuarto de este pesado
matrimonio, y menos le interesaba ser el depósito de la ropa usada. Martina,
tozuda como era, no se percataba de ello. Se empeñaba en lijar la madera, y
mientras más lijaba, más la silla reducía su tamaño. Alguna vez, Leo pasó a su lado y le advirtió que iba
a terminar por dañarla. Martina no lo escuchó.
Al
cabo de unos días, y en vista de que no obtenía los resultados deseados, decidió dejar la madera como estaba, a esas
alturas, la silla había alcanzado un nivel a ras del piso. Entonces se dispuso
a cambiar la tapicería. Compró tres metros de terciopelo violeta y unos
remaches dorados espantosos.
Pasó
dos días intentando quitar el viejo forro vino tinto, sin conseguirlo. Furiosa
buscó unas tijeras para romper la tapicería. Leo y su hijo la vieron pasar con las tijeras en la mano.
Curiosos caminaron detrás de ella. Martina estaba como enajenada, ni siquiera
se percató de que la seguían. Una vez frente a la silla, clavó con todas sus
fuerzas las tijeras. La tapicería se resistió lo que más pudo, sin embargo,
ella destrozó, deshilachó cada trozo de tela que se interpuso en su remodelación.
Leo y el hijo, miraron estupefactos la dantesca escena.
Ella
se dispuso a colocar el próximo tapiz. De nuevo la ciudad estaba llena de humo
que ahora entraba por la ventana nublando el cuarto trasero donde se encontraba
Martina, y a pesar de los estornudos de ambos, de padre e hijo, ella ni se
inmutó, continuó con su tarea. Forzó el terciopelo violeta sobre el mueble y
logró clavar los espantosos remaches dorados. De pronto, los remaches
comenzaron a saltar, a brincar como fuegos artificiales, y de un solo golpe
fueron a parar a la cara de Martina destrozándole el rostro. En medio del humo
de la ciudad, Leo y el hijo, intentaron interponerse entre los remaches y
Martina, sin lograrlo.
Ahora
Martina reposa sobre sus antiguos muebles; nada ha cambiado en su hogar, a excepción
de su rostro. En lo que concierne al aburrimiento, es peor, por
los momentos, se encuentra de reposo médico, y el humo no ha dejado de invadir
la ciudad.
Del libro inédito. Fin del vacío.