jueves, 23 de julio de 2009

ENTREVISTA A JESUS ENRIQUE GUEDEZ

LAS VÍAS DEL CINE VENEZOLANO

(Jesús Enrique Guédez : Cine al Día Nº 18, junio de 1974, pp. 10-11.)

El cineasta en Venezuela, para muchos, es como si no existiese. Y cuando se suele hablar de nuestros pioneros en este arte, es para recordarlos como aventureros sin ventura que agonizaron atados a la pata de un escritorio oficial o murieron ciegos oyendo el ruido del celuloide en un viejo proyector, como don Amábilis Cordero.
De nuestras primeras películas sólo quedan los nombres: El carnaval de Caracas, El fusilamiento de Piar, La trepadora y El relicario de la abuelita. Comenzábamos con la misma dosis melodramática con que nacía la cinematografía en otros países. Las fuentes documentales y los temas de nuestro folklore, o del gran movimiento literario del criollismo, aparecieron en las imágenes de nuestros primeros filmes. Así comenzaba un entroncamiento del cine con nuestra alma popular y las manifestaciones de nuestra cultura.
Ahora que estamos replanteando los problemas del cine venezolano, surge en la mente de nosotros la pregunta ¿por qué no tenemos un cine de calidad, como sí contamos con excelentes novelas y magníficos pintores? (...)
Carlos Augusto León, en su libro La muerte en Hollywood, describe en términos desgarradores y apasionados de su prosa la muerte de un arte que murió fusilado por los ocupantes de nuestro país, con la complicidad de venezolanos que deberían estar acusados de alta traición (...).
No conformes con liquidar toda posibilidad de un cine venezolano, han venido disciplinando a nuestros gobiernos para que consideren a la cinematografía como una labor no apta para nativos, invadiéndonos con sus filmes como avanzada de sus monopolios, estableciéndonos bajo libertad condicionada lo que deberíamos ver en las pantallas (...). Ellos crearon con sus agencias un hombre venezolano que no es obrero, campesino, empleado o estudiante, que no se llama Pedro, Juan o Rafael, sino que tiene el nombre sencillo de Consumidor.
Lo triste es que hemos aprendido la lección (...).
La publicidad no sólo acabó el cine con sus cuñas, sino que –algo peor– aceleró la perversión de la sensibilidad del venezolano. Si no fuera porque la historia de la humanidad ha demostrado que ningún pueblo se resigna a la opresión eterna, podría creerse que hemos perdido para siempre nuestra identidad nacional. Quizás pueda parecer que estamos exagerando y que este planteamiento correspondería más a un político, a un economista o a un sociólogo. Pero es que no podemos cerrar los ojos cuando hacemos acción nuestro pensamiento y a través del lente se nos viene encima una realidad que ya no puede enmascarar el más hábil camarógrafo (...).
No puede continuar privando, ante el público y ante el Estado venezolano, el concepto que confunde las aspiraciones de un cine nacional con los intereses exclusivamente económicos de esa industria.
Es cierto, el cine se ha definido como un arte y una industria, y probablemente entre las que requieren mayor inversión de dinero; pero la industria sola no produce obras cinematográficas. Por tal motivo, cualquier medida legal o proteccionista no puede constituirse en un amparo unilateral (...).
Y en este panorama desolado para el cine venezolano ¿qué papel ha jugado el Estado? Resumiendo en una palabra la opinión de cineastas, críticos y hombres de cultura, diríamos que de indiferencia (...). Esta indiferencia ante un medio tan poderoso y tan revelador de la madurez de un pueblo, como lo es el cine, es lo que nos hace llegar a estas jornadas con la exigencia urgente de que no se espere más para promulgar una Ley de Cine.
Una ley que abra a la creación cinematográfica las más variadas y amplias vías; donde quede firmemente establecido entre otras cosas:
a) La ruptura de la estructura monopólica de la distribución-exhibición.
b) El establecimiento de un sistema de coproducciones que fomente nuestro carácter nacional y permita la formación de creadores y técnicos.
c) Posibilidades reales para la realización y exhibición del cine independiente.
d) Fomento y libre funcionamiento de las cinematecas y cine-clubes (...).
No estamos esperando una ley para hacer cine, porque Bolívar no esperó el Acta de la Independencia para emprender la lucha libertadora. Y la cultura de un pueblo no se decreta. Sin embargo, estamos aquí reunidos para reafirmar el desarrollo del cine venezolano y, por qué no, cumpliendo nuestro deber de exigir el establecimiento de una ley que ponga coto a esa tierra de nadie donde los distribuidores campean a su arbitrio, con la sola sujeción a los usos y costumbres dictados por ellos mismos en el negocio cinematográfico.
Volvemos a llamar la atención sobre la advertencia de Arnheim, que tiene su fundamento en las experiencias más crueles y bárbaras que ha debido soportar la humanidad en toda su historia: el Estado fascista de Hitler. Si se nos sigue impidiendo que nuestros oídos oigan y nuestros ojos vean sonidos e imágenes para seres racionales ¿no terminaremos como ratas de laboratorio, reaccionando ante las señales brutales de la satisfacción inmediata?... si no es lo más leve que nos espera.

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